Cajas de
libros
La cité enfrente de Famasa a un costado de la
estación del metro de Cuauhtémoc. Era de tarde y acababa de estrenar un
departamento sobre la calle de Isaac Garza. No recuerdo del todo el pretexto
por el cual nos veríamos, empero consciente estaba de que hacerlo a espaldas de
mi mejor camarada era ya un acto de traición, ocultarle dicho encuentro,
independientemente de que ellos hubiesen terminado su relación tiempo atrás era
tan ignominioso como el hecho de que Pedro renegase tres veces de nuestro
señor. Confieso haber sentido siempre una extraña e inquietante especie de
atracción hacia ella, pero dado el romance que sostenía con mi camarada nunca
me permití imaginarme escenarios en los cuales terminásemos dando rienda suelta
a los placeres de la carne.
Tenía yo motivos suficientes como para intuir que
en su ánima se gestaba un sentimiento análogo o incluso más pecaminoso, de no
ser así, ¿Cómo explicar el que haya consentido verme en mi nuevo departamento
por un mero pretexto que ante los ojos de cualquier ingenuo hubiese parecido una
necedad? No obstante, tenía ella las
mismas razones que yo, como para no dar el primer paso y por ende
necesitaba urgentemente alguna pócima o elixir que hiciese que ambos nos
dejásemos de inhibiciones. Dado lo apremiante del asunto, pues caminamos desde
la estación hasta el departamento, lo único con lo que me pude armar, fue con
la siempre eficiente ¡Cerveza! Paramos en un oxxo, y tome un "six",
la mire como para buscar su consentimiento y ella tan presta como el
adolescente listo para "loguearse" en su cuenta de facebook, solo
tomo otro igual. Compramos además unos cigarros, después de todo si algún
encuentro sexual habríamos de tener sabía de antemano -por lo que me había
comentado mi camarada- que solía fumar después del coito.
Todo parecía indicar que nuestro encuentro culminaría en un inminente
vendaval concupiscente. Mientras caminábamos, ella me relataba sobre su próxima
partida a Cancún, dado que realizaría unas prácticas profesionales de Chef en
un prestigioso hotel de tal entidad, eminentemente turística. Durante todo el
trayecto nuestra charla versó sobre los aspectos inherentes a dicha partida: el
echar de menos a la familia, los amigos, el hecho de vivir por vez primera
fuera del nido materno y un largo etcétera que las personas que hayan pasado
por tal situación sabrán de antemano.
Habíamos llegado ya a mi departamento, repleto de
cajas y bolsas negras por todos lados. Contenía toda clase de pertenencias que
no había podido darme el tiempo de desempacar. Resaltaban enormemente las cajas
por lo pesadas que eran, tanto, que un vecino se acercó a preguntarme por el
contenido de ellas, no tuve que responder pues un ejemplar de la enciclopedia
británica se cayó al suelo.
Julia dejó la puerta sin cerrar, se hizo de un
lugar libre entre todo el desorden para
poder sentarse y tomar plácidamente, a estas alturas toda clase de incomodidad
había desaparecido. La tarde calurosa seguía su curso inexorable, las latas de
cerveza se apilaba unas a otras como las personas de una gran ciudad que
esperan por el tren para llegar a su destino final, transcurrían los minutos
unos tras otro y la noche poco a poco emergía mientras Apolo sus últimos rayos
nos brindaba. Un hálito frío recorría el departamento, y ello me caía como
anillo al dedo, que mejor excusa para cerrar la puerta y llevarla a mí recámara
de una vez por todas. Baco había hecho una buena parte del trabajo, Julia
se recostaba en mi tálamo, la contemplaba desde la otra esquina, parecía como
si nos separasen mares.
Así que, allí
estábamos, dos pecadores que con alevosía planearon su falta, esperando
que uno de los dos diese el primer paso, esperando que uno de los dos levantase el manto de la hipocresía y la apariencia. Surqué entre las sabanas hasta
llegar a su lado, besé su cuello de marfil y subí por el hasta sus labios
trazando un camino que hombre alguno jamás haya trazado, besando cada parte
virgen que aún tenía, llegué a sus labios ardientes, los mordía incesantemente,
los mordía hasta que unas gotas de sangre asomaron, ella gemía de placer,
contorsionaba su cuerpo para asir el mío cada vez más y más hacia el suyo.
Frote sus firmes y dulces pechos, deguste su néctar, seguí besándole cada vez
mas frenéticamente, mi lengua reptaba cada milímetro de su cuerpo, hasta que
llegue a su vagina completa y absolutamente empapada dispuesta a ser explorada.
La penetré duramente una y otra vez, ya no podía distinguir si sus gemidos eran
de placer o de dolor, figurabame estarla castigando por serle infiel a mi
camarada, así, mi miembro, se convertía en el "Malleus Maleficarum"
Ella parecía gozar cada vez más y más no importa lo duro e inmisericorde que la
penetrase ella lo disfrutaba, decidí tomar su cuello y cortarle el aire a sus
pulmones, lo hice por un momento y su excitación fue tanta que rogaba por más,
en un arrebato de ira le sujete el cuello tan fuerte como pude y ella abrio tanto los ojos que parecian salirse de sus orbitas me miró
fijamente, pude ver como a través de sus ojos flameantes se asomaba poco a poco
el mismísimo demonio. El miedo me hizo soltarla y empujarla estrepitosamente
fuera del tálamo, golpeándose la cabeza, su cuerpo inerme yacía en mi recámara,
trate de reanimarla pero todo fue en vano.
Nunca sabré si el golpe que se dio terminó con su
vida o si lo hizo el privarle del aire. No entre en pánico, antes bien medité
cada una de las alternativas para deshacerme de su cuerpo. Inmediatamente
recordé las cajas que tenía a mano, pensé que estas no levantarían ninguna
sospecha, después de todo a lo largo de la semana había estado bajando y
subiéndolas. Ninguna era lo bastante larga como para que su cuerpo cupiese. Así
que debía "hacer que cupiera" de alguna manera y no levantar sospechas.
Nada viable era el descuartizarla pues no solo sangre, sino la bilis y demás
mucosidades inundarían y ensuciarían mi alfombra siendo ardua tarea el poder
borrar toda mancha, además mi conocimiento para llevar a cabo exitosamente tal
tarea era nulo y dado lo apremiante del asunto no podía permitirme el
“experimentar” con ella. Para mi suerte tenía una manta larga de plástico que
perfectamente podía usar como sudario. Doble sus piernas de tal forma que
cupieran en la caja al igual que los brazos, sabía que su piel se desgarraría
por la dislocación, para mi suerte solo un hueso de su pierna asomó, blanco
como marfil, acompañado de una estela de sangre que se abría paso por su cuerpo,
me apresuré para hacer los dobleces necesarios en la manta de plástico y que no
se desparramase por doquier. Me manchó un poco la piel pero no las ropas, pues
estaba completamente desnudo, jamás gota alguna tocó la alfombra. Aquél líquido
que aún estando tibio parecía ser el último vestigio de vida que aquel cadáver
pudiera mostrar ya, para luego no ser más que huesos y carne putrefacta. Me
apresuré a meterla de una vez por todas, en la caja con todo y la manta de
plástico misma que ayudaría a que no se empapase la caja de cartón con su
sangre. Usando un marcador rojo, escribí la letra de una banda de criminales
muy conocida en la ciudad. Arrastré la caja hasta mi coche, para mi suerte el
mismo vecino se encontraba regando sus plantas, me miró sonriendo y me
preguntó: “¿Aún con los libros?” Lo miré de soslayo y asentí con la cabeza.
No me costó mucho trabajo deshacerme de ella, la policía tendría como
móvil algún ajuste de cuentas o algo similar. Pese a lo precario de mi plan,
confiaba en la incompetencia de las autoridades y al exceso de trabajo que
estas tenían. Sería un caso más atribuido al crimen organizado.
Pasaron los días, semanas y años esos ojos
flameantes y terroríficos me atormentaban día y noche al final comprendí
que sus ojos no eran más que un espejo y que el único demonio que estaba en
aquella habitación era yo.
Cajas de
libros
La cité enfrente de Famasa a un costado de la estación del metro de Cuauhtémoc. Era de tarde y acababa de estrenar un departamento sobre la calle de Isaac Garza. No recuerdo del todo el pretexto por el cual nos veríamos, empero consciente estaba de que hacerlo a espaldas de mi mejor camarada era ya un acto de traición, ocultarle dicho encuentro, independientemente de que ellos hubiesen terminado su relación tiempo atrás era tan ignominioso como el hecho de que Pedro renegase tres veces de nuestro señor. Confieso haber sentido siempre una extraña e inquietante especie de atracción hacia ella, pero dado el romance que sostenía con mi camarada nunca me permití imaginarme escenarios en los cuales terminásemos dando rienda suelta a los placeres de la carne.
Tenía yo motivos suficientes como para intuir que en su ánima se gestaba un sentimiento análogo o incluso más pecaminoso, de no ser así, ¿Cómo explicar el que haya consentido verme en mi nuevo departamento por un mero pretexto que ante los ojos de cualquier ingenuo hubiese parecido una necedad? No obstante, tenía ella las mismas razones que yo, como para no dar el primer paso y por ende necesitaba urgentemente alguna pócima o elixir que hiciese que ambos nos dejásemos de inhibiciones. Dado lo apremiante del asunto, pues caminamos desde la estación hasta el departamento, lo único con lo que me pude armar, fue con la siempre eficiente ¡Cerveza! Paramos en un oxxo, y tome un "six", la mire como para buscar su consentimiento y ella tan presta como el adolescente listo para "loguearse" en su cuenta de facebook, solo tomo otro igual. Compramos además unos cigarros, después de todo si algún encuentro sexual habríamos de tener sabía de antemano -por lo que me había comentado mi camarada- que solía fumar después del coito.
Todo parecía indicar que nuestro encuentro culminaría en un inminente vendaval concupiscente. Mientras caminábamos, ella me relataba sobre su próxima partida a Cancún, dado que realizaría unas prácticas profesionales de Chef en un prestigioso hotel de tal entidad, eminentemente turística. Durante todo el trayecto nuestra charla versó sobre los aspectos inherentes a dicha partida: el echar de menos a la familia, los amigos, el hecho de vivir por vez primera fuera del nido materno y un largo etcétera que las personas que hayan pasado por tal situación sabrán de antemano.
Habíamos llegado ya a mi departamento, repleto de cajas y bolsas negras por todos lados. Contenía toda clase de pertenencias que no había podido darme el tiempo de desempacar. Resaltaban enormemente las cajas por lo pesadas que eran, tanto, que un vecino se acercó a preguntarme por el contenido de ellas, no tuve que responder pues un ejemplar de la enciclopedia británica se cayó al suelo.
Julia dejó la puerta sin cerrar, se hizo de un lugar libre entre todo el desorden para poder sentarse y tomar plácidamente, a estas alturas toda clase de incomodidad había desaparecido. La tarde calurosa seguía su curso inexorable, las latas de cerveza se apilaba unas a otras como las personas de una gran ciudad que esperan por el tren para llegar a su destino final, transcurrían los minutos unos tras otro y la noche poco a poco emergía mientras Apolo sus últimos rayos nos brindaba. Un hálito frío recorría el departamento, y ello me caía como anillo al dedo, que mejor excusa para cerrar la puerta y llevarla a mí recámara de una vez por todas. Baco había hecho una buena parte del trabajo, Julia se recostaba en mi tálamo, la contemplaba desde la otra esquina, parecía como si nos separasen mares.
Así que, allí
estábamos, dos pecadores que con alevosía planearon su falta, esperando
que uno de los dos diese el primer paso, esperando que uno de los dos levantase el manto de la hipocresía y la apariencia. Surqué entre las sabanas hasta
llegar a su lado, besé su cuello de marfil y subí por el hasta sus labios
trazando un camino que hombre alguno jamás haya trazado, besando cada parte
virgen que aún tenía, llegué a sus labios ardientes, los mordía incesantemente,
los mordía hasta que unas gotas de sangre asomaron, ella gemía de placer,
contorsionaba su cuerpo para asir el mío cada vez más y más hacia el suyo.
Frote sus firmes y dulces pechos, deguste su néctar, seguí besándole cada vez
mas frenéticamente, mi lengua reptaba cada milímetro de su cuerpo, hasta que
llegue a su vagina completa y absolutamente empapada dispuesta a ser explorada.
La penetré duramente una y otra vez, ya no podía distinguir si sus gemidos eran
de placer o de dolor, figurabame estarla castigando por serle infiel a mi
camarada, así, mi miembro, se convertía en el "Malleus Maleficarum"
Ella parecía gozar cada vez más y más no importa lo duro e inmisericorde que la
penetrase ella lo disfrutaba, decidí tomar su cuello y cortarle el aire a sus
pulmones, lo hice por un momento y su excitación fue tanta que rogaba por más,
en un arrebato de ira le sujete el cuello tan fuerte como pude y ella abrio tanto los ojos que parecian salirse de sus orbitas me miró
fijamente, pude ver como a través de sus ojos flameantes se asomaba poco a poco
el mismísimo demonio. El miedo me hizo soltarla y empujarla estrepitosamente
fuera del tálamo, golpeándose la cabeza, su cuerpo inerme yacía en mi recámara,
trate de reanimarla pero todo fue en vano.
Nunca sabré si el golpe que se dio terminó con su vida o si lo hizo el privarle del aire. No entre en pánico, antes bien medité cada una de las alternativas para deshacerme de su cuerpo. Inmediatamente recordé las cajas que tenía a mano, pensé que estas no levantarían ninguna sospecha, después de todo a lo largo de la semana había estado bajando y subiéndolas. Ninguna era lo bastante larga como para que su cuerpo cupiese. Así que debía "hacer que cupiera" de alguna manera y no levantar sospechas. Nada viable era el descuartizarla pues no solo sangre, sino la bilis y demás mucosidades inundarían y ensuciarían mi alfombra siendo ardua tarea el poder borrar toda mancha, además mi conocimiento para llevar a cabo exitosamente tal tarea era nulo y dado lo apremiante del asunto no podía permitirme el “experimentar” con ella. Para mi suerte tenía una manta larga de plástico que perfectamente podía usar como sudario. Doble sus piernas de tal forma que cupieran en la caja al igual que los brazos, sabía que su piel se desgarraría por la dislocación, para mi suerte solo un hueso de su pierna asomó, blanco como marfil, acompañado de una estela de sangre que se abría paso por su cuerpo, me apresuré para hacer los dobleces necesarios en la manta de plástico y que no se desparramase por doquier. Me manchó un poco la piel pero no las ropas, pues estaba completamente desnudo, jamás gota alguna tocó la alfombra. Aquél líquido que aún estando tibio parecía ser el último vestigio de vida que aquel cadáver pudiera mostrar ya, para luego no ser más que huesos y carne putrefacta. Me apresuré a meterla de una vez por todas, en la caja con todo y la manta de plástico misma que ayudaría a que no se empapase la caja de cartón con su sangre. Usando un marcador rojo, escribí la letra de una banda de criminales muy conocida en la ciudad. Arrastré la caja hasta mi coche, para mi suerte el mismo vecino se encontraba regando sus plantas, me miró sonriendo y me preguntó: “¿Aún con los libros?” Lo miré de soslayo y asentí con la cabeza. No me costó mucho trabajo deshacerme de ella, la policía tendría como móvil algún ajuste de cuentas o algo similar. Pese a lo precario de mi plan, confiaba en la incompetencia de las autoridades y al exceso de trabajo que estas tenían. Sería un caso más atribuido al crimen organizado.
Pasaron los días, semanas y años esos ojos flameantes y terroríficos me atormentaban día y noche al final comprendí que sus ojos no eran más que un espejo y que el único demonio que estaba en aquella habitación era yo.
Nunca sabré si el golpe que se dio terminó con su vida o si lo hizo el privarle del aire. No entre en pánico, antes bien medité cada una de las alternativas para deshacerme de su cuerpo. Inmediatamente recordé las cajas que tenía a mano, pensé que estas no levantarían ninguna sospecha, después de todo a lo largo de la semana había estado bajando y subiéndolas. Ninguna era lo bastante larga como para que su cuerpo cupiese. Así que debía "hacer que cupiera" de alguna manera y no levantar sospechas. Nada viable era el descuartizarla pues no solo sangre, sino la bilis y demás mucosidades inundarían y ensuciarían mi alfombra siendo ardua tarea el poder borrar toda mancha, además mi conocimiento para llevar a cabo exitosamente tal tarea era nulo y dado lo apremiante del asunto no podía permitirme el “experimentar” con ella. Para mi suerte tenía una manta larga de plástico que perfectamente podía usar como sudario. Doble sus piernas de tal forma que cupieran en la caja al igual que los brazos, sabía que su piel se desgarraría por la dislocación, para mi suerte solo un hueso de su pierna asomó, blanco como marfil, acompañado de una estela de sangre que se abría paso por su cuerpo, me apresuré para hacer los dobleces necesarios en la manta de plástico y que no se desparramase por doquier. Me manchó un poco la piel pero no las ropas, pues estaba completamente desnudo, jamás gota alguna tocó la alfombra. Aquél líquido que aún estando tibio parecía ser el último vestigio de vida que aquel cadáver pudiera mostrar ya, para luego no ser más que huesos y carne putrefacta. Me apresuré a meterla de una vez por todas, en la caja con todo y la manta de plástico misma que ayudaría a que no se empapase la caja de cartón con su sangre. Usando un marcador rojo, escribí la letra de una banda de criminales muy conocida en la ciudad. Arrastré la caja hasta mi coche, para mi suerte el mismo vecino se encontraba regando sus plantas, me miró sonriendo y me preguntó: “¿Aún con los libros?” Lo miré de soslayo y asentí con la cabeza. No me costó mucho trabajo deshacerme de ella, la policía tendría como móvil algún ajuste de cuentas o algo similar. Pese a lo precario de mi plan, confiaba en la incompetencia de las autoridades y al exceso de trabajo que estas tenían. Sería un caso más atribuido al crimen organizado.
Pasaron los días, semanas y años esos ojos flameantes y terroríficos me atormentaban día y noche al final comprendí que sus ojos no eran más que un espejo y que el único demonio que estaba en aquella habitación era yo.
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