La abuela inoportua al mediodia





Las manos le sudaban constantemente, sus ojos se posaban en el de los demás clientes, levantando toda clase de suspicacias que poco a poco se tornarían en enojo pues él yacía en el umbral meditando si entrar o no, estorbando a los asalariados que se precepitaban para poder hacerse de una comida poco nutritiva y poco saludable pues eran las 12 del mediodia y con  los minutos contados buscaban hacerse de un mísero bocado. Berengario llevaba en su gabardina el fusil que usaría para cometer el ilícito, repasado en su mente estaban  todas y cada una de las posibilidades que tendría que sortear por ejemplo; si la policía llegaba, si la cajera se resistía, incluso si era necesario tomar rehenes, todos y cada  unos de sus pensamientos se agolpaban en su mente en tropel cual estampida en la sabana africana. 
Ya adentro, miró de reojo las cámaras ubicadas sobre su cabeza, mirando de soslayo a todo aquel que se le atravesase. Se dirigió a tomar una soda para posteriormente hacer fila, el lugar estaba abarrotado y Berengario una vez dentro trataba de no mirar a nadie a los ojos pues estos -es bien sabido- son ventanas al alma y era cuestión de tiempo para que alguien viese en ellas las oscuras intenciones que allí se albergaban. En una ciudad como la nuestra en donde el sospechosismo es el pan de todos los días, y en donde todos desconfían del prójimo, una mujer de edad avanzada le vió e inmediatamente soltó un grito pues atisbó el fusil con el que amenazaría al cajero. Apuntandole directo a la cabeza con voz entre nerviosa y amenazadora   gritó: ¡Esto es un asalto! Para su mala suerte iba pasando su abuela. Quien al verlo se fue de bruces, pues su nieto era uno de esos tantos rufianes que pululan por la ciudad. Berengario le dirigió una mirada lastimera a la vez que avergonzada y justo cuando quiso cambiar de opinión en cuanto al atraco, un hombre jaló de su hombro y sus dedos por acción del nerviosismo jalaron el gatillo, incrustando la bala justo en la sien del cajero, su rostro fue salpicado instantáneamente con sangre. Sangre de un inocente, sangre de un asalariado que pretendía ganarse el pan de cada dia. Berengario no solo había acabado con la vida del cajero sino con la posibilidad de que los demás asalariados pudieran llevar bocado a sus bocas. El acto ya de por si traumático provocó que más de uno entrara en ataques de pánico entre ellos Berengario quien padecía de hematofobia y al instante desfalleció en el mostrador, él quien había optado en el último momento desistir de tan deleznable acto.  
En ocasiones uno puede cambiar de opinión en el último instante  y no llevar a cabo lo que pretendía y aunque no se lleve materialice el acto per se  el daño quiza ya este hecho y  sea irreparable como Berengario aprendió aquel mediodía.

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