Soga y Balde


Assad y Adel partieron el mismo día pero desde puntos diferentes hacia el mismo lugar. Su misión era el ir al poblado más cercano para abastecerse de los víveres necesarios que necesitarían en sus respectivas aldeas. El intercambio de pieles de cabra, sal y demás cosas de vital importancia que no podían encontrarse a mitad del desierto, es lo que les orilla a realizar tales viajes. Cada uno perteneciente a una tribu distinta el primero a los Cabilios, el segundo a los Rifeños. Ambas habían estado en conflicto desde tiempo inmemorial tanto, que ya ni siquiera recordaban el por qué.

Todo parecía seguir su curso normal. Ellos recorrerían el mismo sendero que sus antepasados desde siglos. Súbitamente, una tormenta de arena arremetió contra ambos. La tormenta fue implacable, la visibilidad nula, la corriente del viento inmisericorde y cualquier intento de orientarse vano. No quedándoles otra alternativa decidieron sacrificar sus camellos, los destriparon y usaron sus cuerpos como refugio, situaciones extremas requerían medidas extremas. Al día siguiente despertaron percatándose que todas y cada de sus pertenecías habían sido tragadas por el desierto, todas excepto una. En el caso de Adel una cuerda y en el de Assad un recipiente con unas gotas de agua. Desorientados ya por la tormenta y casi muertos por la sed, tuvieron la gracia que Alá los llevara justo hacia donde se encontraba un pozo lleno de Agua. El primero en llegar fue Adel pero como no llevaba nada encima salvo su cuerda no había manera en que pudiera extraer la mínima cantidad de agua, hacía falta un recipiente. Estando en medio del desierto y medio muerto empezó a tener alucinaciones o al menos eso creyó el, pues a unos cuantos km de distancia se topó con Assad. Este lo divisó de lejos y al igual que él pensó que se trataba de un espejismo. Grata fue la sorpresa de ambos al saberse reales.
En pocas palabras mencionaron como habían terminado en tal situación, se alegraron de no haber sido los únicos en tal desgracia. Cada uno de ellos mencionó lo que llevaba consigo, los ojos de ambos se iluminaron, realizaron el intercambio de ambas herramientas, inútil la una sin la otra en tal situación. Mientras
el recipiente bajaba por el pozo para sacar el tan preciado líquido una simple palabra bastó para que el intercambio fuera deshecho: el nombre de sus tribus. Intercambiaron miradas de odio, se profirieron insultos y descalificaciones a granel  pese a que la situación era apremiante.
Allí, en medio del desierto con el sol ardiente evaporándoles toda vitalidad, drenándoles las fuerzas y ellos desperdiciándola estultamente, hasta que no pudieron mas y desfallecieron, allí justo en el pozo de agua que les renovaría las fuerzas para seguir hasta el poblado más cercano y poder salvar así sus vidas.

Ambos puestos en las mismas circunstancias, ambos con la misma misión, ambos dominados por el  mismo odio irracional y sin sentido. Ambos con el posibilidad de salvarse realizando un simple intercambio, ambos muertos por la necedad.

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